La historia de un error

Guerra de Malvinas 1982

La historia de un error

ELMA Formosa

La historia de un error
El Buque Formosa, uno de los 54 barcos que tenía la Empresa Líneas Marítimas Argentinas (Elma) llevó elementos a Malvinas en 1982 y fue desarmado en Entre Ríos durante el gobierno de Menem.

Especial

Berlín (Alemania). «Al poco tiempo del desembarco en Malvinas, en los primeros días de abril de 1982, yo estaba de vacaciones en mi casa y vinieron a buscarme de Elma (Empresa Líneas Marítimas Argentinas), donde yo trabajaba.

Me dijeron: Capitán, ha sido designado para ir a Malvinas. En su barco llevará elementos que se necesitan en las islas», recuerda desde Berlín el ex comandante del buque mercante Formosa, capitán de ultramar Juan Cristóbal Gregorio, quien fue uno de los testigos de la guerra que tanto duele en la historia de los argentinos.

En ese momento los ingleses estaban recién en la isla Ascensión y todavía la situación no se había precipitado. En Buenos Aires, el Formosa cargó todo lo que debía transportar: tanques, jeeps, combustible de aviación, contenedores con alimentos, cocinas para los soldados, una bodega entera con cajones de municiones para cañones, etcétera.

Cargado con casi cuatro mil toneladas (lo equivalente a lo que pueden transportar 350 aviones Hércules), el 16 de abril el buque zarpó con rumbo sur sin saber exactamente adónde iría.

«Nada me dijeron de los planes militares, sólo de llevar un cargamento. Lo que sí me prometieron fue que navegaríamos custodiados, pero eso no existió. Nos dejaron a la buena de Dios».

La orden era navegar bajo «silencio de radio» hasta llegar a Malvinas, sólo recibirían mensajes de la Armada en clave, pero no podrían emitir. Recibieron primero la instrucción de amarrar en el puerto de Punta Quilla (Santa Cruz), y luego de dirigirse a Malvinas.

«Salimos cerca de las 2 de la mañana, con la orden de ‘salir en sigilosa’, es decir con todas las luces apagadas, los ojos de buey cubiertos, pintados para que no se viera absolutamente nada desde afuera».

Alrededor de 40 personas del Ejército, entre oficiales y soldados, más un oficial de la Armada que venía para hacer cumplir las órdenes militares, se sumaron en Santa Cruz, embarcándose con destino a Malvinas, el 18 de abril a bordo del Formosa.

«En el puerto, el comunicado llegó a último momento; y, recién cuando el buque desatracaba del muelle, se presentó un coronel, jefe de la división que partía. El hombre llegó tarde y desde el muelle los arengaba a los gritos, les decía: ‘¡Cumplan con su deber, cumplan con la patria!’. parecía una opereta. En ese momento me dieron ganas de hacer tocar la sirena para callarle la boca».

Un telegrama de la Armada indicó: «Llegar al alba a Cabo Belgrano». El cruce desde Santa Cruz a Malvinas tomaba un día entero y para obedecer esa instrucción se debía navegar lentamente por el lugar en que estarían los ingleses. «De ninguna manera voy a hacer eso, le dije al comandante militar. Voy a darle con todo el motor ahora, cuestión de estar en el mar el menor tiempo posible», explica Gregorio. «Allí el mar es demasiado violento -detalla- y lo más probable es que un bote se dé vuelta y la gente se ahoge. En cambio, a cinco, seis millas de la costa se salvan todos. Y mi interés principal era mi tripulación». Por la noche y mucho antes del alba, anclaron en Malvinas.

A Puerto Argentino

El Formosa navegaba por su cuenta sin ningún respaldo en la operación y todavía incomunicado. Había llegado «casi por casualidad» dice su capitán. A la mañana siguiente recibieron de Prefectura unas cartas náuticas indicando el rumbo correcto para la entrada, ahora sí, a Puerto Argentino.

«En la isla reinaban el sol, el buen tiempo y hasta casi el triunfalismo. Los jeeps con soldados iban y venían, los aviones de carga aterrizaban uno tras otro y Mario Benjamín Menéndez (gobernador en Malvinas) nos invitó a almorzar para celebrar la llegada.

Las tareas de descarga fueron una pesadilla: el puerto no tenía infraestructura y el muelle era un par de maderas viejas. Las grúas brillaban por su ausencia y prácticamente todo había que sacarlo a mano. «Yo pensaba que tenían todo organizado, pero fue un desastre. La operación duró 15 días, cuando lo normal hubiera sido cinco. A esta altura los rumores de la llegada de los ingleses eran cada vez más firmes».

Las últimas dos noches se trabajó en medio del oscurecimiento del puerto porque se esperaban acciones comando de los ingleses.

A las 5 de la mañana del 1º de mayo se escuchó por la radio de la gobernación que venían los aviones enemigos.

«A las 5:45 yo estaba todavía haciendo cargar el barco con agua para equilibrar y escuchamos en la radio ‘Alerta amarilla: barcos ingleses’, al poco tiempo ‘Alerta roja.’ y al rato se desató el bombardeo».

El ataque comenzó en el puerto. De inmediato bombardearon a los dos buques mercantes de Elma: el Formosa que ya estaba listo para partir, y el Carcarañá, que esperaba para iniciar la descarga. Los daños no fueron importantes, excepto los del aeropuerto.

Las pasadas se sucedieron hasta alrededor de las 9, cuando se dio la orden de escapar. «Cuando empezamos a salir, vino la orden de la Comandancia del puerto para que escapemos todos, junto al Carcarañá. Sabíamos que había buques ingleses muy cerca y que se esperaba algo peor. Escaparnos a la buena de Dios, otra vez», dice Gregorio.

Escape

El capitán hizo estos cálculos: el Formosa ya no era un blanco porque acababa de dejar toda su carga en la isla. El Carcarañá, en cambio, todavía tenía su cargamento a bordo: una planta misilística completa que un buque ruso le había traspasado directamente en el puerto de Buenos Aires. A él estarían dirigidos los torpedos ingleses. Lo mejor, y lamentándolo por ellos, sería mantenerse lo más alejado posible.

El Carcarañá, entonces, partió una hora adelante, mientras el Formosa lo siguió lento y sigiloso. Manteniendo esa distancia y con rumbo sur llegaron al estrecho de San Carlos, que separa ambas islas. La noche anterior a la salida, dos ministros de Menéndez fueron a despedir al Formosa, y en esa oportunidad Gregorio les pidió encarecidamente que avisaran a todas las baterías costeras que ellos irían ‘caleteando’ la isla Soledad, es decir navegando bien pegado a la costa, metiéndose en los agujeros y luego volviendo a salir, para protegerse al máximo.

«A las 5 de la tarde, el Carcarañá se refugió detrás de Isla Pelada porque navegar sin radar y de noche el estrecho de San Carlos es muy arriesgado. Cuando pasamos nosotros, una hora después, salieron tres aviones del estrecho y nos atacaron».

«Dos bombas cayeron al agua y reventaron en el mar, una tercera pegó en un palo, pero explotó también en el agua. Y mientras el barco se detenía, otro avión aparecía ametrallándolos desde atrás. Después de tirar, hizo todavía una última pasada de proa hacia popa. Yo estaba en el puente y le vi la cabeza de tan cerca que pasó. Nos miramos claramente».

El Formosa comenzó a navegar en círculos para no ser un blanco inmóvil, el capitán permaneció arriba en el puente presenciando los hechos: «Zielinsky, el jefe de cubierta, salió valientemente a preparar los botes salvavidas, lo cual es un trabajo enorme para un solo hombre, y quería dispararle a los aviones con un revólver reglamentario que llevaban en el barco. El cocinero, sentado en una escalera, se agarraba la cabeza y gritaba desesperado que saquen la Bandera argentina y que muestren una bandera blanca».

«A partir de allí le metimos a toda máquina hacia adelante. Yo esperaba que viniera una noche negra, cerrada, con mucha bruma y en cambio había una luna enorme que nos iluminaba por completo». A las 5 de la mañana llegaron a la zona de exclusión y recién allí volvieron a respirar. Isla de los Estados estaba muy cerca y desde ese punto ya se veía el Faro del Fin del Mundo.

Pero, al llegar por fin a la costa argentina, se encontraron con una cuarta bomba de 500 kilos en el entrepuente. Esta última sí había entrado al barco. Agujereó la escotilla, cayó en una bodega, pero nunca explotó. «Alguien, desde algún lado me ayudó; porque ese era el día era mi cumpleaños», dice el capitán.

En la bahía San Sebastián, técnicos de la Fuerza Aérea los esperaban, junto a 10 ambulancias de la Prefectura , para revisar la bomba.

No había heridos ni grandes daños. El susto estaba superado pero la sorpresa no, más aún cuando el técnico de aviación que revisaba la bomba dijo: «Qué raro, es tan parecida a las bombas españolas que usamos en nuestros aviones. Pero vaya tranquilo, capitán, puede llegar hasta Buenos Aires. Mientras no reciba calor, esto no va a explotar». Unas cuantas bolsas de aserrín bastaron para asegurarla.

Llegada triunfal al puerto de Buenos Aires: prensa, autoridades, familiares, curiosos. y los especialistas de la Armada que venían a desarmar el incógnito explosivo. A la hora de la verdad, cuando la bomba fue girada, apareció enorme la leyenda: «Fuerza Aérea Argentina».

«Los aviones que habían atacado al Formosa eran de la Escuadrilla Trueno del capitán Carballo», cuenta Gregorio.

«Me dijeron: ‘Capitán, la bomba es de la Fuerza Aérea. ¿Usted quiere inculpar en la prensa a alguien en particular?’. Y yo me negué. Ellos tampoco querían que yo hablara mucho. En ese momento sólo quise que todo se olvidara».

El capitán Carballo, sobre el episodio cuenta en su libro que él salió del estrecho, que le habían dicho que por esa zona estaban los buques ingleses, y que ni bien salió encontró un tremendo barco al que confundió con un petrolero que acompañaba a la flota inglesa pasándole combustible. Al verlo, gritó «Viva la patria!» y se largaron los tres. Simplemente, nadie les había avisado sobre el Formosa.

«Los dos ministros de Menéndez me habían dicho: ‘No se preocupe, capitán, le avisaremos a todo el mundo’ Y esa fue una gran desinteligencia. En una reunión de la Armada , un año después, me enteré que, como el brigadier que estaba en Malvinas estaba peleado con el brigadier que estaba en Santa Cruz, (quien mandaba los aviones desde el continente), la información no había sido suministrada, sólo porque entre ellos no se hablaban», explica Gregorio.

Cuando Carballo advirtió la Bandera argentina y la enorme chimenea con los colores celeste y blanco, levantó la mano del gatillo. Los impactos de ametralladora eran 20 en lugar de 300 como debían haber sido, y esa última pasada de popa a proa en que ambos capitanes se miraron, no fue más que un reconocimiento del error.

El mismo 1º de mayo por la tarde,

Cuando atacaban al Formosa, el Carcarañá presenciaba el encuentro desde lejos. La tripulación de este último entró en pánico y decidió abandonar el buque (no estaban blindados, no tenían armas, ni su gente estaba entrenada para una guerra. Sólo eran civiles de la marina mercante).

Un par de aviones ingleses lo habían descubierto y estaban siguiéndolo. La orden para ellos era entrar y descargar en el estrecho de San Carlos, el sitio más peligroso de toda esta guerra. El capitán desobedeció el mandato, bajó su gente en botes hasta la costa y una vez en tierra fue detenido y encarcelado.

El Carcarañá sufrió dos intensos días de bombardeos y al tercero fue hundido con todo su cargamento. Los otros dos buques que abastecieron de cargas a Malvinas y pertenecían a la flota de transporte de la marina de guerra: el Bahía Buen Suceso y el Isla de los Estados, fueron hundidos y en uno de los casos murieron todos: capitán, tripulación y oficiales, excepto el militar que llevaban a bordo.

De los cuatro buques, sólo el Formosa pudo regresar.

En Buenos Aires, Gregorio fue doblemente condecorado: primero «por haber abastecido a las islas en el conflicto con acertado criterio profesional» y luego «por sus operaciones en combate». Cada uno de los miembros de la tripulación recibió un diploma y una pensión de guerra.

Gregorio fue capitán del Formosa desde 1978 y había acompañado su construcción en un viejo astillero de Cádiz-España. Hoy, con sus 74 años, Gregorio recuerda en Alemania estas anécdotas con una emoción en la que se mezclan sonrisas y lágrimas.

«Al poco tiempo de jubilarme, Elma, que era una compañía prestigiosa, con 54 barcos todos de gran porte y absolutamente rentable, se desarmó por orden del gobierno de Menem. A mi buque, que como todos los demás estaba en perfectas condiciones, se lo llevaron a Entre Ríos, donde fue desarmado y convertido en chatarra».

Venganzas

Después de la guerra, como signo de orgullo, la tripulación del Formosa hizo pintar las Islas Malvinas, enormes, en celeste y blanco en el frente del puente y en los laterales del buque, con un punto rojo en la exacta ubicación geográfica del ataque. Un año después de la guerra, en 1983, en el puerto de Veracruz (México) se encontraron con un barco inglés a 200 metros de distancia.

Durante la noche y fingiendo una borrachera, un par de argentinos le robaron la bandera de la cubierta, en el mástil de la popa. Pero en 1984 la travesura pagó su merecido. Se había corrido la voz del robo de la bandera y, en el mismo puerto, pero con otro barco inglés, fueron ellos quienes esta vez se acercaron de noche en un botecito hasta el Formosa y le dejaron una pintada de recompensa. Al otro día, cuando zarpaban, sus antiguos enemigos le señalaban eufóricos el costado de la inscripción: Arriba, las Malvinas, en celeste y blanco, y abajo una leyenda que decía «The Falkland are british».

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