Instalacion de tiro berreta ITB

Guerra de Malvinas 1982

Instalacion de tiro berreta ITB

Fuerza Naval

Guerra de Malvinas Fuerza Naval
Exocet MM-38, en misión de alto secreto «Instalación de Tiro Berreta»   Son indudablemente numerosas las situaciones en que los argentinos, por falta de medios adecuados se vieron precisados a apelar al ingenio: esa facultad del espíritu que permite discurrir e inventar. En este caso de la guerra, muchos lo hicieron aún a riesgo de su propia vida, es decir, exponiéndose en el mismo campo de batalla y sin tener una seguridad objetiva en el terreno de los resultados. Podía ser como no podía ser. Pero hubo que estar allí para comprobarlo.

Es el caso del EXOCET MM-38, un misil que tenía nuestro país al tiempo del conflicto, pero que había sido concebido exclusivamente para lanzar desde un buque contra otro buque. Es el Exocet Mar-Mar: en todo el mundo existían estas poderosísimas armas, pero solo para combate en el mar.
En el Estado Mayor argentino se planteaba entonces un problema muy serio: cómo contrarrestar la acción de los buques ingleses, que constantemente cañoneaban sobre Malvinas y causaban enormes daños. No había medios para evitar que esos buques -por la noche a salvo de nuestra
aviación- batieran permanentemente a los defensores de las islas. Una de las ideas que surgió fue la posibilidad de sacar toda la instalación de Exocet MM-38 de un buque y trasladarla a un tráiler o camión para poder, desde esa instalación improvisada, efectuar un lanzamiento. Se estudió el caso de inmediato. Pero la conclusión frustró la idea: se necesitaban alrededor de dos meses para extraer el misil y su compleja instalación de un buque. La guerra estaba ahí, en plena marcha (era principios de mayo de 1982). Los buques británicos continuaban su ataque nocturno sistemáticamente. No se podía esperar dos meses. La idea original quedó descartada. Pero no en el olvido, porque un grupo de marinos -entre los que se encontraba el capitán Julio Pérez- solicitó autorización para seguir estudiando el asunto y ver qué tipo de solución era factible. Ese grupo obtuvo vía libre del Estado Mayor Naval y continuó trabajando, día y noche, en el taller de misiles de Puerto Belgrano. La cuestión central era cómo «engañar» al misil, de tal modo que en lugar de utilizar la computadora que tiene que enviar datos e intercomunicarlos con el Exocet, se utilizará una señal fija, como si estuviera en un buque. Eso evitaría el traspaso de toda la instalación de una nave, de alta complejidad técnica, y permitiría un lanzamiento desde tierra. Algunos hubieran pensado que era un innovación tecnológica propia de «locos», que solo a los argentinos se les podía ocurrir semejante intento con tan escasos medios y tan escaso tiempo.
C.N. Julio Pérez, ingeniero, especializado en electrónica. Pero fue así, tal cual. Se les ocurrió. El mismo capitán Pérez recuerda
ahora que se presentó entonces una situación algo cómica, «porque cortábamos cables -dice- y probábamos señales mediante cablecitos, y estos cablecitos se juntaban con otros para simular otras señales, y estas otras eran aplicadas con pilas, y así obteníamos, sucesivamente, indicios, marcas, signos que nos permitían reconstruir un sistema. Este trabajo nos llevó
cuatro días, a partir de la segunda semana de mayo. Al cabo de numerosos ensayos, llegamos a la conclusión, casi fantástica, de que sí, podíamos engañar al misil». La novedad fue comunicada entonces al jefe de Arsenal, Julio Degrange, quién de inmediato brindó todo el apoyo necesario para llevar adelante el invento. Aparentemente resuelto el problema del reemplazo del sistema computarizado del buque, había que resolver el problema de la plataforma de lanzamiento. Como no podía ser de otra manera (al igual que los múltiples cablecitos utilizados para el sistema de computación), en este caso también se utilizaron elementos precarios. Se le suministraron al capitán Dávila todas las especificaciones técnicas de lo que se necesitaba con alimentación eléctrica, y él empezó a construir la parte mecánica: una rampa de lanzamiento con grupo electrógeno. Para ello, al estilo argentino ante las emergencias, tomaron un chatón y sobre él armaron una estructura de hierro, de tal modo que sobre esta «plataforma» se pudieran instalar dos misiles Exocet MM-38.
Que era el ITB?

«Estábamos encerrados -cuenta el capitán Pérez- en una habitación, con dos tipos excepcionales cuyos nombres quiero recalcar: los técnicos Torelli y Shugt, y allí trabajábamos día y noche, en el más alto secreto. Nadie sabía lo que estábamos haciendo, excepto los que debían saberlo. Recuerdo que
inventamos una sigla para identificar nuestro trabajo: ITB.
De ese modo, para todo el mundo estábamos «en el ITB», que significaba ni más ni menos que INSTALACION de TIRO BERRETA, casi una broma. Es que resultaba casi ofensivo para la ingeniería concebir sobre todo hacer algo así, tan improvisadamente, con injertos, pedazos de cosas que conseguíamos por ahí… cablecitos… Lo cierto es que nadie podía entrar a esa habitación, y de ella salíamos alguna que otra vez para ir al buque y probar. Así experimentábamos.» La resolución de la plataforma inercial no fue un problema menor. Debía estar perfectamente centrada porque cualquier desacierto o imprecisión haría que el disparo fuese muy alejado del blanco.
Todo berreta, es cierto: pero todo mínima y detalladamente previsto y controlado. Una semana después estaba casi listo: la rampa, el grupo generador (con un motor monstruo, pero era lo único que había en ese momento) y la parte electrónica. Se hicieron entonces una serie de pruebas: alrededor de 20 lanzamientos sucesivos, con distintos parámetros. El nuevo
invento parecía caminar. Aquello que hacía días resultaba imposible ahora estaba ahí: era un tremendo armatoste, feo y repulsivo a la vista, pero con el poder de los Exocet, cuya eficacia desde el aire ya había sido suficientemente demostrada. Se le dio una mano de pintura, se lo cubrió con lona, todo en el mayor secreto. El siguiente paso era trasladarlo a las islas. Se habló con Fuerza Aérea, que dispuso dos aviones Hércules. Sólo el chatón pesaba seis toneladas, y cada misil mil ochocientos kilos. Con el ITB, una criatura mortífera para neutralizar el incesante bombardeo inglés, viajaba su «papá»: el capitán de navío (ingeniero) Julio Perez.
De aspecto poco atractivo, pero muy eficaz, como se probaría luego, así se veía el ITB en los talleres.
Una vez en Malvinas, se coordinó con el almirante Otero los lugares donde instalar los «mamotretos». Pérez y los tenientes Mario Abadal y Edgardo Rodríguez vieron que la única posibilidad era el camino que unía Puerto
Argentino con el aeropuerto. Era el único lugar que podía soportar semejante peso en forma estable. Una de las dificultades fue disimular ante los kelpers lo que se estaba preparando. Ya por entonces (primera semana de junio) se sabía que muchos de ellos podrían informar de la novedad a los ingleses, de modo que se optó por trabajar en el ITB de noche. Otra dificultad que hubo que superar fue la obtención precisa de la distancia de los buques británicos. No había un radar apto para este cometido, de manera que hubo que improvisar también esto, con un radar antipersonal de Ejército que operaba el ex-oficial de marina Ríes Centeno. «El radar daba información
de una manera, y nosotros la necesesitábamos de otra -cuenta el capitán Pérez-. De modo que nos construimos tablas de cálculo con una calculadora manual, y convertíamos los datos en determinados valores de tensión, ajustando cada potenciómetro a simuladas distancias o valores angulares».
Todo se hacía a mano, sobre la marcha; todo a pulmón y de puro corazón.
Mientras tanto, el bombardeo inglés, obviamente, no cesó. Se estaba sobre el final de la batalla, de modo que el hostigamiento británico crecía.
Intento Fallido

Ultimados todos los detalles y obtenida la primera información de dos buques ingleses, se realizó el primer disparo. El misil no salió, tal vez porque los sacudones del ITB desconectaron un cablecito de los tantos instalados improvisadamente. Esa misma noche se realizó el segundo disparo. Esta vez el Exocet partió, pero completamente desviado del blanco. Sucedió que no se
había esperado el tiempo suficiente entre el lanzamiento de un misil y el otro (20 minutos). El capitán Pérez reconoce que la ansiedad de hacer impacto y darle a los ingleses hizo que el tiempo de disparo entre uno y otro le pareciera «un siglo». Y sólo habían pasado ocho minutos. Pero, por primera vez en la historia, se había logrado el disparo de un Exocet
concebido de un buque a buque y disparado desde tierra. Los ingleses dijeron después que los argentinos habían recibido información de los franceses. No es verdad. Además, este sistema con el MM-38 no había sido inventado entonces ni siquiera en Francia. Pero la historia no termina ahí.
Después del segundo intento fallido, pasaron varias noches de tensa espera: Por una extraña razón -tal vez no tan extraña, claro-, los buques ingleses
comenzaron a hacer una trayectoria errática y, en general, no entraban en la zona de alcance del ITB (38 kilómetros). A veces estaban al alcance del misil, pero no del radar (30 kilómetros).
Danza India

«Entonces sucedió una anécdota -recuerda Pérez-. Los técnicos Abadal y Rodríguez me decía en broma que bailáramos una danza al estilo de los indios norteamericanos en sus películas, cuando pedían lluvia, por ejemplo.
Tendríamos que bailar una danza india alrededor del mamotreto para atraer a los buques ingleses. Insistían con eso, y las noches pasaban. Los buques no se acercaban. Pero seguían disparando. Hasta el 11 de junio, por la noche, todo en secreto, los tenientes Abadal, Rodríguez y yo bailamos el clásico «uca» «uca» alrededor del ITB. Esa noche le dimos al Glamorgan». Así empezó la noche del 11 al 12 de junio. Se produjo un largo cañoneo británico y a las 3 de la madrugada el radar captó a un buque, en alejamiento. El capitán Pérez decidió lanzar su invento. Lanzaron. En medio de tanta oscuridad, se vio la estela del Exocet que se perdía en el mar. A los pocos segundos pudo
verse que en las nubes se reflejaba una enorme explosión que iluminó toda la línea del horizonte. El impacto argentino dio en plena popa, sobre la banda de babor, de la fragata «Glamorgan»: una de las que, durante el conflicto, atacó más incesantemente a los argentinos. La dejó fuera de combate, con lo cual se cumplía a la perfección el objetivo específico del Exocet. La «Glamorgan» nunca más volvió a atacar. Tan positivo fue este invento de los argentinos, que hoy en día los propios ingleses lo instalaron nada menos que en Gibraltar. Algunos sostienen que lo copiaron, porque toda la estructura del ITB quedó en las Malvinas después del 14 de junio.
El croquis muestra la posición de la HMS «Glamorgan», fragata de la clase 21 que fue alcanzada por el Exocet MM-38 disparado desde tierra por los argentinos. También marca la trayectoria del misil que impactó causando serios daños y numerosas víctimas.
El radar del ITB

Una de las personas que sabía a la perfección por dónde pasaban los buques ingleses todas las noches fue el ex-marino Carlos Ríes Centeno, quien estaba en Malvinas en su condición de director y productor del programa nacional de TV «La Aventura del Hombre.» Lo sabía porque, a poco de su llegada, obtuvo del teniente coronel Balsa permiso para utilizar un radar antipersonal «Rasit», con el que podía captar, en forma visual y auditiva, la ubicación de cada nave de la flota inglesa, hasta 30 kilómetros. Como sabemos, esas naves hacían sistemáticamente el trabajo nocturno de bombardeo a las posiciones argentinas en las islas. De noche, nuestros aviones no los podían ver.
De día los buques se alejaban lo suficiente como para quedar fuera de alcance. El Bombardeo inglés fue, pues, una verdadera pesadilla contra la
cual parecía imposible hallar un remedio Hasta que apareció el ITB. Con toda su improvisación, la llegada del equipo del capitán Pérez alentó serias esperanzas de contrarrestar el implacable bombardeo británico. Por supuesto: esto indicaba que ni por entonces (primeros días de junio) de pensaba en una rendición. Lo cierto es que el radar de Ríes Centeno se integró al sistema del ITB, y se integró de tal forma que resultó vital: sabía por donde pasaban los buques y podían calcular las distancias, de tal modo que, con la calculadora manual y previos cálculos a mano, se llegaba a hacer el trabajo que hace una computadora en el barco de instalación original. Ríes Centeno recuerda que, para evitar la información satelitaria (además de la posible de los kelpers), todos los días el equipo se tomaba el paciente trabajo de instalar el «mamotreto» en sus distintas facetas: a partir de las seis de la tarde, en una camioneta destartalada, se comenzaba con el radar; media hora después llegaba un remolque con la rampa de lanzamiento, apuntada con el rumbo 180 Sur; después llegaban los conteiners de los misiles, luego el grupo electrógeno, etc. A partir de las 20:30 Hs aproximadamente, estaba todo calibrado y comenzaba a operar el sistema íntegro. «El mayor peligro -cuenta Ríes Centeno- eran los helicópteros. Los neutralizamos con protección antiaérea de misiles SAM 7, provistos por los comandos del capitán Menghini. Así llegamos a la noche del disparo, luego de intensas búsquedas y esperas. A eso de las 3 de la mañana del 12 de junio, a una distancia de 29.600 metros, detectamos un blanco. Era un barco que había
bombardeado duramente las posiciones del BIM 5. Transmití la información de distancia, en metros, y rumbo, en milésimos, al teniente Abadal. El, con una calculadora Hewlett Packard manual, convertía el informe en datos electrónicos y se los pasaba al capitán Pérez, quien los operaba en los instrumentos de control del ITB, que guiaban el lanzamiento. Así lanzamos el
Exocet, y lo filmamos. Una vez que mi radar dio los datos, yo salí corriendo hacia una loma y, desde allí, junto con Angel Libonatti, Jorge Sanders y Osvaldo Marino, registramos por primera vez en la historia el rumbo de un Exocet lanzado desde tierra, su trayectoria y luego el impacto en la «Glamorgan». En ese momento en las islas, se escuchó una ovación, como en un
estadio de fútbol. Yo me encontré abrazado, llorando, junto al capitán Pérez. Al fin le dimos, al fin le dimos! Era el sentimiento de todos. Y en ese instante sentí algo terrible que aún ahora lo siento: me di cuenta del tremendo daño que causaría el Exocet, de cuántas vidas… Sin embargo, no sentí que matábamos gente. Matábamos ingleses. Supongo que así se debe pensar en la guerra. Por lo menos yo pienso así, aunque me doy cuenta que es terrible.»


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