24 Horas si parecen un siglo

Guerra de Malvinas 1982

24 Horas si parecen un siglo

24 Horas si parecen un siglo – CapituloXVIII

En la guerra descubrimos que los resultados se obtienen con el trabajo de un equipo y no de los individualismos. En este relato recuerdo a todos los queridos y competentes Suboficiales de la Fuerza Aérea Argentina.

Relata: Suboficial Principal Luján – Tripulante de C-130 Hércules

Hoy es día 16 de Mayo de 1982, son las 16:00 horas, me encuentro en el dormitorio, la radio encendida, escuchando música con el volumen bajo. El ronquido de mi compañero que duerme y los recuerdos que pasan por mi mente no me dejan dormir. Preparo dos tarjetas postales con el paisaje de Malvinas, para hacérsela llegar a gente amiga y me pongo a escribir. Observo el teléfono y recuerdo que hace aproximadamente 24 horas sonó su campanilla y en ese tiempo pasaron tantas cosas, vivimos tantas emociones que parece haber transcurrido mucho más.

Ayer escuché la voz del Cabo Principal Ramírez que nos informó que en unos minutos pasarían a buscar nuestra tripulación del Hércules. Su voz no era la misma que cuando nos veíamos en el comedor y recordábamos hechos y personajes del destino que compartíamos en el Edificio Cóndor, ya que él conocía realmente cual era el motivo de ese llamado.

En esos momentos estaba recordando a mi hogar, a mi esposa, a mis pequeños hijos y a mi madre, ya que el día anterior nuestra tripulación tuvo descanso y nos trasladaron por unas horas a Buenos Aires, donde el contacto con nuestros seres queridos nos dio más fuerzas para seguir adelante, ya que ellos serán los herederos de nuestros objetivos.

Al llegar al Aeropuerto nos comunican que nuestra misión era la de transportar a Puerto Argentino en un avión Hércules C-130 un cañón de 155 mm de calibre, de más de 12 metros de largo y aproximadamente 9.000 kilogramos de peso, además de munición, pólvora, sacos de correspondencia, medicamentos, sangre, diarios, revistas y cargas varias que habían sido solicitadas con urgencia. Esto estaba cargado en el Hércules, debido a que la noche anterior este avión trató de llegar a Puerto Argentino, pero por el accionar del enemigo tuvo que regresar.

Además llevamos a personal de artilleros de ese cañón, con un perrito mascota.

Sabíamos del riesgo de la misión, pero también sabíamos que en las Islas nos esperaban y hacía falta este apoyo logístico: el cañón, porque era imprescindible contar con una artillería en tierra de gran alcance, para no permitir que la armada enemiga continúe hostigando tan de cerca.

Sabíamos que todo era importante, desde la sangre y medicamentos que salvan vidas, hasta la humilde carta que fortalece las esperanzas.

Como el tono de voz de Ramírez, era el del conductor de la camioneta y el de aquellos que tenían contacto con nosotros en la partida llena de angustia, del temor a lo que en poco tiempo podría pasar, que gracias a Dios no ocurrió.

Salimos con la tripulación fija, que veníamos volando desde abril.

Volábamos de noche a pocos metros del agua, el Mayor Bruno y el Vicecomodoro Moro al comando de la aeronave, el Mayor Maldonado, navegador; haciendo cálculos de navegación y escape, que de acuerdo a la incursión del enemigo daba los cambios de rumbos; el Cabo Principal Figueroa en su asiento de mecánico de abordo, atento también al frente y controlando los distintos instrumentos; el Cabo Principal Fretes, Mecánico de abordo, a modo de observador miraba hacia atrás arriba del avión; utilizando el sectante a modo de periscopio, y los Suboficiales Principales Daverio y Luján quienes éramos los Operadores en ambos lados del avión en las puertas de paracaidistas.

Un artillero que llevábamos a bordo tenía mucho miedo, o mejor dicho tenía el mismo miedo que todos, pero se le notaba más; y nos manifestó que su deseo era llegar lo antes posible a destino, ya que así no estaría encerrado en el “toscano” de un avión; sin poder defenderse ni atacar.

Después de horas de tensión, con la ayuda y guía del radar, esquivando los distintos obstáculos llegamos a Puerto Argentino, en la pista completamente oscura; con ínfimas señales que nos marcaban rumbo y dimensión. El aterrizaje fue bastante arriesgado, ya que además la pista estaba mimetizada. (se habían simulado cráteres de bombas para que los ingleses creyeran que estaba inoperativa)

Al principio parecía que no había nadie, pero de a poco comenzaron a aparecer por detrás del avión.

Los motores quedaron en marcha, girando sus hélices y así efectuamos la descarga. Primero despejamos la parte inferior del cañón ya que todo lugar sobre el piso estaba cubierto de carga de todo tipo. Para bajar los proyectiles de 100 libras de este cañón sin la ayuda mecánica; la sacábamos de su embalaje y la tirábamos rodando por la rampa del avión en forma acelerada, ya que corríamos el riesgo de ser atacados; en el apuro una de las bombas cayó pesadamente sobre el pié derecho de uno de nuestros tripulantes; reventando el borceguí y salvando sus huesos por la protección de acero que tienen en la puntera de los mismos, que quedó a la vista. Una vez despejado el cañón y al querer bajarlo tuvimos un problema técnico con el guinche que se utiliza para este fin. Había que tomar una decisión inmediata ya que no teníamos margen de tiempo para recurrir a otros elementos o ayuda.

Uno de los tripulantes vio entre las sombras a un vehículo tipo Unimog, que en realidad era una ambulancia. Hicimos retroceder el vehículo entrando por la rampa del Hércules. Mientras realizábamos estas maniobras entre el ruido de las hélices, el combustible quemado que dificultaba la respiración e irritaba los ojos; sumado al temor lógico de la situación, ese momento se tornaba infernal. Al tratar de enganchar el cañón en el acople trasero del vehículo, surgió el inconveniente de que este último estaba más arriba y teníamos que levantarlo para trabarlo.

Éramos varias personas que hacíamos fuerza y no lo lográbamos.

Fue entonces cuando unos de nuestros tripulantes vio que abajo y al costado izquierdo de la rampa del avión; había personas que miraban esta maniobra; unos sentados y otros apoyados entre sí sin colaborar, lo que lo alteró, gritándoles a voz en el cuello que vinieran a ayudarnos. Fue grande la sorpresa cuando estos quisieron subir al avión, pues se trataba de heridos que debíamos trasladar; que los dejaban junto a la entrada del avión para que en caso de emergencia subieran sin perder tiempo. Al ver este cuadro, quien les dijo que suban, con tono paternal, les pidió que se queden en el lugar y que disculpen el error.

Continuamos haciendo fuerza y lo pudimos enganchar.

Teníamos que sacarlo con mucho cuidado, porque de quedar cruzado en la rampa del avión, o de golpear algún elemento del mismo; corríamos el riesgo de quedarnos en la pista a merced de un ataque, perdiendo un avión y dejando inoperable la misma para otras misiones.

Uno de los tripulantes, subido al estribo del conductor, le decía al mismo las maniobras a realizar, tranquilizándolo; ya que el joven soldado que manejaba jamás había hecho algo parecido. Este tripulante al recibir por largo tiempo el chorro del motor del avión, corrió vomitando hacia adentro del Hércules; colocándose la máscara de oxígeno y llenando sus pulmones con el mismo.

Sufríamos al ver salir semejante mole de acero de casi 12 metros de largo, que parecía un parto; con el consiguiente alivio al verlo rodar sobre la pista, tirado por la ambulancia.

De inmediato subió a la «Chancha» (el Hércules) el personal herido, por sus medios quienes podían y ayudados quienes no; luego cerramos la puerta y rampa de carga del avión.

No había tiempo para armar asientos y acondicionar las camillas y aquellos que no las necesitaban se sentaron provisoriamente en el piso; siendo atados en la emergencia con una cinta de amarre a las argollas que están en la pared del avión.

Inmediatamente estábamos en el aire, volando con bruscas maniobras y rozando el agua; tensos hasta tener la seguridad que estábamos alejados de la zona de peligro.

Al llegar al Continente sentimos gran alivio, alegría y emoción; aquellos que al partir nos miraban y trataban en forma rara, cambiaron su actitud.

Desde que iniciamos nuestra carrera, en la Escuela de Suboficiales, nos hablaban de Dios, Patria y Hogar, y en estos momentos límites es cuando salen a relucir de nuestro interior estos principios, no solo pensando en uno mismo, sino en aquellos que hace unas horas recibieron lo que transportamos y continuaban allá, a los que trajimos que salieron de la pesadilla y a todo un país que está pendiente de nuestra responsabilidad.

Dios en todo momento nos está acompañando, nuestra Patria también, porque por ella hacemos esto y Hogar, porqué las imágenes de nuestros seres queridos están siempre presente en nuestros recuerdos. Ya son las 17:20 y el teléfono aún no sonó, hasta que llamen voy a tratar de descansar y soñar con la paz.


Relato extraidod de:
Con Dios en el Alma y un Halcon en el Corazon
Compendio de “Dios y los Halcones” y “Halcones sobre Malvinas”,
del mismo autor
Comodoro (R) Carballo Pablo Marcos
CORDOBA, AGOSTO DE 2004

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